La afinación | Uday Rahman | Tuning | Anisuz Zaman

La afinación | Uday Rahman | Tuning | Anisuz Zaman

Mi abuela tenía una regla. Después de las doce de la noche no se podía poner música. Si uno le preguntaba por qué, respondía:
—Porque vienen los yines, seres invisibles creados por Dios antes que los hombres.
Nosotros nos reíamos. Ella nunca se enojaba. Nomás decía:
—Piensen en cosas alegres. Pero después de medianoche no se pongan a bailar con la música.
Mi abuela murió hace diez años. Ahora soy ingeniero de sonido. Paso los días en un estudio de Niketan mezclando canciones ajenas, haciendo la musicalización de películas, obras de teatro y comerciales, mezclando voces. El sonido es mi profesión. El sonido me da de comer. Mi madre tenía un armonio. Era de la compañía Dwarkin, de Calcuta. Había pertenecido a mi bisabuelo materno. Pasó muchos años olvidado debajo de una cama. El año pasado lo saqué y vi que el fuelle estaba roto y tres lengüetas ya no respondían.
Un flautista del estudio me dio una dirección.
—Vaya a un callejón de Nawabpur. Busque un lugar que se llama Sur Ghar, un taller de reparación y afinación de instrumentos musicales. Pregunte por el maestro Karim. Pero le voy a decir una cosa…
Se quedó callado un momento.
—El maestro habla raro. No le crea todo lo que dice. Pero tampoco deje de creerle todo.
El callejón de Nawabpur era tan estrecho que ni un rickshaw, un triciclo usado como transporte de pasajeros, podía entrar. Había tiendas de material eléctrico, cerrajerías y, entre una y otra, una puerta. Arriba colgaba un letrero pintado a mano con tinta de colores.
Sur Ghar
Propietario: Mohammad Hasan Raya
Debajo, en letras más pequeñas, decía:
Aquí todo se afina.
Al entrar tuve la impresión de haber llegado al hospital de unos instrumentos musicales inválidos. En las paredes colgaban violines sin cuerdas, dotaras, instrumentos tradicionales de dos o cuatro cuerdas, sitares rotos; en un rincón descansaba una vieja tanpura, un instrumento de cuerdas que produce un sonido continuo de acompañamiento, cubierta de polvo. Y, sentado sobre una tarima baja, vestido con un lungui, una prenda de tela enrollada a la cintura, blanco y una fatua color azafrán, una túnica ligera de manga corta, había un anciano.
Tenía la barba completamente blanca, unos lentes de grueso aumento y un aparato auditivo en una oreja.
Como si me hubiera leído el pensamiento, dijo:
—¿Sorprendido? Después de pasarme la vida entera escuchando música, los dos oídos ya se me acabaron. El doctor dice que me quedan un par de años. Después, puro silencio.
Sonrió.
—No me preocupa. Que los oídos se apaguen no es ninguna tragedia. Lo importante nunca se escucha con las orejas.
—¿Entonces con qué?
—Con las venas.
Se dio unos golpecitos en el pecho.
—¿Qué crees que es el sonido? ¿Algo que nomás entra por los oídos? El sonido es vibración. Tú trabajas con audio. Dime una cosa: cuando en un concierto entra el bajo, ¿ese golpe lo oyes con los oídos… o lo sientes aquí?
Se golpeó el pecho otra vez.
Dejé el armonio frente a él.
Levantó la tapa, metió la mano, cerró los ojos y fue pasando los dedos por las lengüetas igual que un médico toma el pulso de un paciente.
Luego murmuró:
—Pobrecito… Hace mucho que nadie lo toca.
—¿Se puede reparar?
—Claro que sí.
Levantó la vista.
—Pero hay una condición. Yo afino en cuatro treinta y dos. No en cuatro cuarenta, como ustedes en el estudio. Si te parece, déjalo aquí.
Fruncí el ceño.
—¿Cuatro treinta y dos? ¿A cuatrocientos treinta y dos hercios? Maestro, el estándar mundial para afinar instrumentos es cuatrocientos cuarenta. Es la afinación internacional…
—Ya lo sé.
Levantó una mano para detenerme.
—Es el estándar desde mil novecientos treinta y nueve. ¿Y antes de eso sabes cuál era?
No lo sabía. Se lo admití.
—Cuatro treinta y dos. Durante miles de años fue cuatro treinta y dos. Los griegos afinaban así. Los egipcios afinaban así. Nuestros maestros, Lalon Fakir, el gran místico y compositor popular bengalí, también afinaban así. Y de repente, en mil novecientos treinta y nueve, justo cuando Hitler estaba incendiando el mundo, a alguien se le ocurrió que, desde ese día, toda la música del planeta iba a sonar ocho hercios más arriba. Y así nació su famoso cuatro cuarenta.
Se inclinó hacia mí.
—Tú eres hombre de sonido. Dime una cosa. En medio de una guerra mundial… ¿por qué era tan urgente cambiar la afinación de toda la música del mundo?
—Supongo que habría alguna razón técnica…
—Puede ser.
Negó con la cabeza.
—Yo soy un hombre ignorante. De conspiraciones no entiendo. Lo único que sé es una cosa. Esa diferencia de ocho hercios no se nota nomás con los oídos; se nota en el cuerpo. Cuando escucho música afinada en cuatro treinta y dos, siento como si estuviera sentado a la orilla de un río, oyendo caer la lluvia. Pero cuando escucho música en cuatro cuarenta, siento que todo tiene prisa. No sé prisa de qué… pero prisa.
Guardó silencio un instante.
—Ponte a pensarlo. Hace ochenta años que el mundo entero escucha música con esa prisa. En el celular, en los bocinones, en las tiendas, en las fiestas… en todas partes. Y todo el mundo dice: “Me siento inquieto. Me siento inquieto”. Pero nadie se pregunta por qué.
—¿Pero quién hizo el cambio? ¿Y para qué?
—He oído muchas historias.
Mientras hacía girar una de las lengüetas bajo la luz, continuó:
—Había un gran maestro italiano, Verdi. El rey de la ópera. Peleó hasta el final para defender la afinación de cuatrocientos treinta y dos hercios. Escribió cartas, pidió audiencias… pero no pudo hacer nada. Después apareció un investigador que escribió un libro diciendo que el cambio había sido obra del ministro de propaganda de Hitler, junto con una poderosa fundación norteamericana. Según él, querían mantener a la gente inquieta por dentro. Y a la gente inquieta es más fácil manejarla.
Se encogió de hombros.
—Si eso es verdad o mentira, solo Dios lo sabe. Yo nomás veo una cosa. La guerra terminó hace ochenta años… pero la guerra que la gente lleva por dentro nunca terminó. Y la música de fondo de esa guerra sigue sonando en cuatro cuarenta.
Dejó la lengüeta sobre la mesa y volvió a mirarme.
—¿Has oído hablar del señor Tesla? No del carro. Del hombre que le dio la electricidad al mundo.
Asentí.
—Él decía que, para entender los secretos del universo, había que pensar en energía, vibración y ondas. Y ahora los científicos dicen que hasta la partícula más pequeña del universo se comporta como una cuerda que vibra. ¿Te das cuenta de lo que significa?
Sonrió.
—La piedra vibra. La tierra vibra. Tus huesos vibran. Hasta tus pensamientos vibran. Entonces, ¿qué vendría siendo este mundo?
Esperó unos segundos antes de responder él mismo.
—El mundo es una tanpura, la tanpura de Dios. Y nosotros somos cada una de sus cuerdas.
Me sostuvo la mirada.
—Ahora dime, ¿cuál es el trabajo de una cuerda?
No respondí.
—Mantenerse afinada. Vibrar en su tono. Si las cuerdas viven desafinadas, ¿cómo va a haber paz en el mundo? ¿Qué puede salir de ahí, aparte de más ruido y más desorden?
No sabía qué contestar.
Aquel hombre hablaba como un loco… y, sin embargo, no podía quitarme sus palabras de la cabeza. En mi trabajo, más de una vez había notado que algunas mezclas me dejaban inexplicablemente agotado.
—La Tierra también tiene su propia nota, ¿sabías?
El maestro siguió hablando.
—Un científico alemán la midió. Entre la tierra y el cielo hay una vibración que nunca deja de sonar.
—Sí, eso lo conozco. Se llama la resonancia Schumann, una vibración electromagnética natural de la Tierra.
—Mi maestro la llamaba de otra manera.
Hizo una pausa.
—Decía que era el zikr, el recuerdo constante de Dios. Todo hace zikr. Las piedras, los árboles, los animales, el cielo, el mar… todo. Nomás el ser humano ya no puede oírlo.
—¿Y usted lo ha oído?
No respondió.
Sacó una de las lengüetas del armonio y la sostuvo frente a la luz, examinándola en silencio.
Después de un largo rato dijo:
—Vuelve dentro de siete días. Ya estará listo.
Siete días después regresé.
El armonio parecía haber recuperado la juventud.
—Escucha.
El maestro comenzó a tocar una melodía que me resultaba conocida, aunque no conseguía recordar la letra.
Y no sabría explicar lo que pasó.
El sonido no entró por mis oídos.
Entró por mi pecho.
Sentí como si alguien metiera la mano entre mis costillas y abriera un candado que llevaba allí desde hacía muchos años.
Los ojos se me llenaron de lágrimas sin motivo aparente. Bajé la cabeza para que no se notara.
Dos gorriones se posaron en el alféizar de la ventana.
El perro del callejón llegó hasta la puerta y se quedó sentado, en silencio.
Cuando el maestro dejó de tocar, la habitación siguió sonando unos segundos más.
—¿Entendiste algo? —preguntó con voz suave.
—¿Qué… qué fue eso?
—No pasó nada.
Me miró fijamente.
—Nomás devolví el instrumento a su afinación verdadera.
Después me señaló con un dedo.
—Y a ti también.
Sonrió.
—El cuerpo humano es casi setenta por ciento agua. Y el agua escucha las vibraciones. Un médico japonés hizo experimentos con eso. Cuando al agua le ponen música hermosa y luego la congelan, los cristales de hielo forman dibujos perfectos. Pero si la exponen a ruidos horribles, insultos o gritos, esos cristales salen rotos, deformes, hechos pedazos.
Guardó silencio unos segundos.
—Ahora haz la cuenta. Si tú eres setenta por ciento agua, ¿qué le estás echando encima desde que amanece hasta que anochece en esta ciudad de Daca? Bocinas. Pleitos. Gente gritando en las reuniones. Noticias de última hora. Manifestaciones. Más gritos.
Movió la mano sobre el pecho.
—¿Qué crees que se va formando aquí adentro? ¿Un dibujo hermoso… o puras grietas?
Volvió a sonreír.
—Hace un rato vibraste con la afinación correcta. Quizá por primera vez en muchos años. Por eso se te llenaron los ojos de lágrimas. El agua reconoció al agua.
Desde entonces empecé a ir muy seguido al taller. Tuviera o no tuviera algo que reparar.
El maestro preparaba té y hablaba.
Y por las noches, al volver a casa, yo escribía todo lo que recordaba de aquellas conversaciones.
Conocí a Suraiya la tercera semana.
Ese día entré al taller y el maestro no estaba sentado en su tarima. En su lugar había una muchacha con un violín sobre las piernas.
Tenía los ojos cerrados. Apoyaba suavemente la mejilla sobre el instrumento. Lo que estaba tocando era de una tristeza tan hermosa que no sabría explicarla. Apenas entré, dijo sin abrir los ojos:
—Siéntese. Mi abuelo fue por sus medicinas.
Me senté. Siguió tocando un par de minutos más, siempre con los ojos cerrados. Luego dejó de tocar, abrió los ojos y me miró.
—¿Usted es el ingeniero de sonido?
Asentí.
—Mi abuelo habla mucho de usted. Dice que el muchacho tiene oído… nomás que todavía no sabe usarlo.
—¿Qué quiere decir?
En lugar de responder, hizo sonar dos notas seguidas con el violín.
—A ver… dígame cuál es la diferencia.
Escuché con atención.
—Me suenan iguales.
—Por eso mi abuelo dice lo que dice.
Bajó el violín.
—La primera estaba afinada en cuatro cuarenta. La segunda, en cuatro treinta y dos. La primera es la que usted vende todos los días. La segunda es la que usted perdió hace mucho.
Se llamaba Suraiya. Era la nieta del maestro. Enseñaba música en una escuela y era la única heredera de un conocimiento que, según decía el abuelo, llevaba catorce generaciones en su familia. Mientras hablábamos, pasó un rickshaw haciendo sonar la campana. Suraiya frunció el rostro.
—¿La oyó?
Asentí.
—Esa campana lleva una semana desafinada. Se cayó apenas un poquito de su tono. La escucho todos los días… y todos los días me arruina el ánimo.
Me reí.
—¿Hasta la campana de un rickshaw tiene afinación?
—Todo tiene una afinación.
Lo dijo con la mayor naturalidad.
—¿No leyó el letrero de la entrada?
Cuando me iba, me llamó.
—Una cosa.
Me di la vuelta.
—No le crea todo lo que dice mi abuelo.
Sonreí.
—Pero tampoco voy a dejar de creerle todo.
Fue la primera vez que la vi sonreír.
—Ya veo que lo conoce bastante bien.
Desde ese día tuve dos razones para ir a Sur Ghar. Nunca se lo dije al maestro. Tampoco hacía falta. Jamás tuve la impresión de que aquel viejo ignorara algo de lo que pasaba a su alrededor. La discusión más fuerte que tuve con Suraiya ocurrió una tarde, cuando el maestro había salido a la mezquita.
De pronto me preguntó:
—¿Qué hace exactamente en el estudio?
Respondí con cierto orgullo.
—Jingles para comerciales. Música de fondo para películas. Canciones comerciales. Suraiya permaneció callada un buen rato. Después dijo:
—¿Sabe qué fabrica en realidad?
La miré sin entender.
—Usted es un hipnotizador, señor compositor.
Hizo una pausa.
—Fabrica máquinas para mover la mente de la gente sin que la gente se dé cuenta.
Negué con la cabeza.
—Ya estás exagerando.
—Ponga una canción triste y luego fíjese en usted mismo. A los cinco minutos se va a dar cuenta de que los hombros ya se le encorvaron, la sonrisa desapareció… y ni siquiera notó cuándo pasó. Nadie le dijo: “Póngase triste”. Sin embargo, obedeció.
Me quedé callado.
—Existe una sustancia en el cerebro llamada dopamina, un neurotransmisor asociado al placer y la motivación. Han medido que, cuando una persona escucha su canción favorita, el cerebro libera casi la misma cantidad de dopamina que cuando uno se enamora.
Señaló mis manos.
—¿Se da cuenta? Esa consola de mezcla con la que usted trabaja… también puede cambiar la química del cerebro de la gente.
—Bueno… ¿y cuál es el problema?
—¿El problema?
Su voz se volvió más baja.
—¿Oyó lo que pasó en aquel concierto en Estados Unidos? Murieron diez personas aplastadas por la multitud. Todos dijeron que fue un accidente. Negó con la cabeza.
—¿Y quién fabricó esa multitud? Miles de personas moviendo la cabeza al mismo ritmo, balanceando el cuerpo con la misma vibración. El corazón termina siguiendo ese pulso. Cuando pasa eso, la gente empieza a pensar menos por sí misma, pierde parte del control y siente cada vez más ganas de fundirse con el grupo. Entonces deja de ser persona… y se convierte en una ola.
Hizo una pausa.
—Y las olas no tienen conciencia.
Me miró fijamente.
—Hitler conocía muy bien ese poder. Las antorchas. Los cánticos con un solo ritmo. Miles de voces vibrando al mismo tiempo. Esa vibración transformaba individuos en una masa. Y una masa hace cosas que una persona sola jamás haría.
Sonrió apenas.
—¿Nunca leyó historia?
Me reí.
—Con razón me hace falta un abuelo que lo sepa todo, como el suyo.
Ella ni siquiera sonrió.
—Con el sonido se puede unir a la gente… y con el mismo sonido también se la puede romper. Si quiere destruir un pueblo, empiece por destruir su música. La música es la vena más profunda de una cultura.
No respondí. Porque recordé algo. En el estudio, los clientes repetían una frase una y otra vez:
—Hermano, súbele más al beat. Que la gente no pueda quedarse quieta.
—Entonces, ¿qué hacemos? —pregunté—. ¿Andamos con tapones en los oídos?
Suraiya soltó una risa.
—No.
Sacudió la cabeza.
—Aprendemos a escoger.
Hizo una pausa.
—La gente piensa diez veces antes de llevarse algo a la boca. Pero por los oídos deja entrar cualquier cosa todo el día. La comida echada a perder enferma el estómago en unas horas y uno lo nota. El sonido echado a perder enferma el alma… y casi nadie se da cuenta.
Se inclinó un poco hacia mí.
—Si después de escuchar una canción usted queda inquieto, irritable, como si algo le pesara por dentro… esa canción no es alimento para usted. Es veneno, aunque suene bonita.
Sonrió.
—En cambio, si un sonido le devuelve la calma… entonces eso sí es medicina.
Miró hacia la ventana.
—Los sonidos de la naturaleza.
Permaneció unos segundos contemplando la calle.
—¿Sabe por qué la lluvia da sueño? Porque esa vibración le dice al cerebro que no hay peligro, que puede descansar. Ni siquiera los tigres salen a cazar cuando llueve fuerte.
Continuó:
—Y por eso también el canto de los pájaros alegra la mañana. Los pájaros solo cantan cuando amanece un día seguro. El cerebro lleva cientos de miles de años aprendiendo esa señal.
Se quedó pensando.
—Y el ruido del mar le recuerda al ser humano que forma parte de algo mucho más grande que él.
Luego volvió a mirarme.
—¿Nunca se ha fijado? El bosque, los ríos, la lluvia, los pájaros… casi todos los sonidos de la naturaleza andan cerca de esa familia de afinación que llaman cuatro treinta y dos.
Abrió los brazos.
—Y nosotros vivimos encerrados todo el día en ciudades afinadas en cuatro cuarenta.
Sonrió.
—Por eso, cuando uno llega a la montaña, siente que por fin puede respirar. Cuando llega al mar, siente que por fin volvió a encontrarse consigo mismo.
Negó lentamente con la cabeza.
—Pero no encontramos nada nuevo.
Volvemos…
A la vibración con la que fuimos creados. Después de aquella conversación cambió mi manera de trabajar. Cada vez que me sentaba frente a la consola sentía que Suraiya y su abuelo estaban detrás de mí observando. Siempre que podía bajaba la afinación a cuatrocientos treinta y dos hercios. Los clientes nunca lo notaban. Una tarde le pregunté al maestro:
—En su letrero dice: “Aquí todo se afina”. ¿Qué quiere decir con “todo”?
El viejo permaneció largo rato en silencio. Después entró al cuarto del fondo y regresó con una vieja caja de lata. La abrió. Dentro había una flauta de bambú envuelta en un paño. El bambú se había vuelto casi negro con los años y la embocadura tenía un trabajo de plata. El maestro levantó la vista.
—Ahora sí…
Escucha la verdadera historia. Levantó la flauta.
—Una sola flauta.
Sonrió.
—Un sonido para atraer a las ratas… y otro para atraer a las personas.
Esperó un instante.
—¿Entiendes lo que significa?
No respondí.
—Cada cosa tiene su propia vibración. Y cuando encuentras esa vibración… puedes atraerla hacia donde quieras.
Levantó un dedo.
—La flauta del encantador llama a la serpiente. El zikr reúne a la gente en los santuarios.
Entonces bajó la voz.
—La verdadera pregunta es otra.
Me sostuvo la mirada.
—¿Cuál será la vibración más alta de todas?
Hizo una pausa.
—¿La vibración de la que dependen todas las demás?
Yo seguía escuchándolo con la boca entreabierta. La voz del maestro se volvió apenas un susurro.
—Antes de morir, mi maestro encontró una sola vez… una sola… la decimosexta parte de esa vibración. No con un instrumento. Con su propia voz.
Guardó silencio.
—Yo estaba sentado a su lado. Te lo juro. El aire del cuarto se volvió pesado. La cal empezó a desprenderse de las paredes. Y tuve la sensación de estar recordando un lugar que conocía desde antes de nacer.
Bajó la mirada.
—Entonces mi maestro se detuvo.
—¿Y qué dijo?
—Dijo: “Si sigo cantando… ya no voy a poder regresar”.
—¿Regresar adónde?
—Como los niños de Hamelin.
Hizo un gesto con la mano, como si Hamelin quedara en la habitación de al lado.
—Cuando una vibración te llama… tienes que seguirla. Hay vibraciones a las que uno no puede decirles que no.
Se quedó callado unos segundos.
—Después de medianoche el mundo se queda en silencio y vuelve a su propio zikr.
Levantó lentamente un dedo.
—Y la vibración que toques a esa hora… viaja muy lejos.
Otra pausa.
—Porque no todos los oídos pertenecen a este mundo.
—¿Los yines?
El maestro cerró la caja.
—¿Para qué ponerles nombre?
Me sostuvo la mirada.
—El que escucha… escucha. —Y, de vez en cuando… se acerca.
Aquello ocurrió unos dos meses después. Era jueves por la noche. Salí muy tarde del estudio y, camino a casa, recordé que el maestro había terminado de reparar un viejo mandolín para mí y me había dicho que pasara a recogerlo. Miré el reloj. Las doce y diez. Cuando entré en el callejón me quedé inmóvil. Todo estaba en silencio. No era el silencio normal de la madrugada. Era un silencio extraño. En Daca nunca hay tanto silencio, ni siquiera después de medianoche. Y en medio de ese silencio, escapándose por la rendija de la puerta cerrada de Sur Ghar, flotaba una melodía de una tristeza imposible de describir. Pero la melodía no estaba sola. Había un instrumento. Sonaba como una flauta…
pero no era una flauta.
Y junto a él se escuchaba una voz humana, muy baja, casi un susurro. Una voz de mujer. Suave. Extrañamente familiar. Y, sin embargo, no lograba reconocerla. He escuchado miles de canciones en mi vida. Escuchar es mi profesión. No puedo comparar aquella melodía con ninguna otra. Solo puedo decir esto: Mientras la escuchaba, al mismo tiempo recordaba a mi madre. Recordaba a mi abuela. Y recordaba lugares donde nunca había estado… pero que, de algún modo, conocía. Los pies se me quedaron clavados al suelo. De pronto…
la música cesó.
Unos segundos después se abrió la puerta. Era el maestro. Al verlo sentí un vuelco en el pecho. Estaba llorando. Y, al mismo tiempo, tenía en el rostro una luz para la que no conozco ningún nombre. No pareció sorprenderse al verme. Solo preguntó:
—¿La escuchaste?
Asentí.
—¿Desde dónde?
—Desde la entrada del callejón.
Permaneció un momento haciendo cuentas para sí mismo.
Después dijo:
—Vete. Vuelve a tu casa. No corras. Camina.Pero no mires hacia atrás.
Di media vuelta.
Ya había empezado a caminar cuando volvió a llamarme.
—Oye.
Me detuve.
No me di vuelta.
Entonces dijo:
—Tu abuela tenía razón. No desprecies nunca las palabras de los mayores.
Esas fueron las últimas palabras que le escuché. El viernes siguiente encontré Sur Ghar cerrado. El viernes después también. El dueño del negocio vecino me dijo:
—No sé qué fue del maestro.
Luego entró al local y regresó con mi mandolín. También traía un papel doblado. La letra, temblorosa, decía:
Durante toda mi vida fui yo quien buscó esa vibración. Pero desde hace unos días empecé a sentir que ella también me estaba buscando a mí. El jueves por la noche, por fin nos encontramos. No te preocupes. La misma llamada que hizo que los niños de Hamelin se fueran sonriendo no puede venir de algo malo. Lo único que lamento es no haberte dejado escucharla completa. Tu armonio y tu mandolín quedaron afinados en cuatrocientos treinta y dos hercios. Nunca los vuelvas a subir a cuatro cuarenta. Tócalos todos los días. El mundo pasará el día entero intentando afinarte a su manera. Cuando regreses a casa por la noche, vuelve a afinarte en tu propia vibración.

Traducido por Anisuz Zaman.

Source: Anisuz Zaman’s Facebook Post

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